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Ruidos A Medianoche

Siempre viví rodeada de ruidos. Al crecer en la casa familiar, el incesante caminar de mi perro por las noches sobre el suelo de madera me aseguraba que la idiosincrasia nocturna permanecía imperturbable; por el contrario, era el cese de su cuadrúpedo andar al que debía estar atenta Cuando mis padres se separaron y mi tiempo se vio dividido entre la incómoda rutina de cambiar de residencia semanalmente, encontré que me tranquilizaba el zumbido del ascensor, cuando sus poleas lo hacían subir y bajar de forma impredecible a la madrugada. Había para mi cierto confort arrullador en la actividad de escuchar, y en los frutos que tal actividad me daba. La idea del vacío, de ausencia de sonido, me provocaba una sensación hueca, de abismal caída. Debido a todo esto, lo primero que hice cuando me mudé sola a un estudio un tanto apartado, fue comprarme un perro. Era el arquetipo canino: raza indefinida, pelaje de tonalidades marrones, altura de mesa ratona y ojos que solo servían para trasmitir ...

A Primera Hora

De un sueño sin sueños, así me desperté. Abrí los ojos y me reconocí, me sentí en mí, a mí y a mi cuerpo. Y de repente estaba cansada de vuelta. Había llorado la noche anterior, ya no me acordaba por qué, si lo mismo de siempre o algo nuevo, pero al despertar mis ojos se encontraban hinchados, y mi piel tenía la suavidad lijada que dejan las lágrimas. Solían gustarme las mañanas, cuando el día todavía no había comenzado, aún no había pasado nada que activase la rueda de hámster diaria en la que se había convertido la vida, y las veinticuatro horas se extendían impolutas y llenas de posibilidades. Ahora, en cambio, parecía el inicio de una sentencia de muerte. Ya sabía que el final era malo. Soy, por regla general, una persona bastante triste. Di vueltas en la cama, no queriendo levantarme; quizás podía volver a dormir, extender un poco mi momento de inconsciencia permitido. Pero esa molestia permanente que me tiraba afuera y abajo, ese piqueteo constante dentro de mí que no me p...

EDÉN

Me enseñaste Que todo está prohibido Porque todo tienta, Voz reptante. Y estos ojos vacíos  Y este dolor en llamas Y esta envenenada condena No eran tu Caos. Me abriste Cuando me hablaste las palabras malditas En un jardín donde las flores Nacen de muertos. Los cantos ya no alcanzan. Y por Dios Que en este Limbo Te libero. 

(Sin Título)

Aunque me gusta más el color De las hojas de otoño caídas Como de fuego interno  Sé que soy Más bonita en invierno Cuando bailo con las ramas De los árboles desnudos Y puedo respirar Cuando estoy sola Ante e sa tristeza mañanera color sepia Que me dice que estoy viva.   Y qué hermoso es Cuando me abrazo el alma En lágrimas. 

Arquetipos Nocturnos

Me encuentro nuevamente en una de esas situaciones en las que no sé muy bien cómo terminé. No es que me desagrada, no exactamente, pero me llena de este sentimiento reiterativo para conmigo misma, donde me regaño por no estar disfrutando a pleno, por caer en este arquetipo que odio; y me enojo con los demás, porque si no estoy disfrutando, es en realidad por ellos; entonces vuelvo a criticarme a mí, que ya sin arquetipo ni glorificación, soy socialmente incapaz de establecer una conversación. Después vuelvo a culpar a los que me rodean, porque no me puedo pelear con la única persona del lugar que me cae bien. Estoy en una fiesta, en una casa que sería imponente si la pileta no estuviera llena de flotadores de Gancia, o los amplios cuartos no estuvieran aromatizados con olor a vodka, un gusto tan refinado. Pero no,  yo no estoy en la fiesta, estoy en uno de los sillones dispuestos en el jardín, el evento es sólo una excusa para estar ahí sentada, quejándome, porque sí, porque puedo....

EN CLASE

Mi profesor se ríe, Y me pregunta Qué les haré a los hombres con estas manos. Y quiero llorar Y gritarle Que mis manos no son un consolador para su burla. Que con estas manos escribo, Que estos puños se alzan Para festejar mi propia fuerza. Que estas manos pueden ser hermosas, O letales. Que acompañan un aplauso, O una protesta. Manos Que al ser tomadas por un juguete sexual Pueden cortar palabras en el aire.

Donde las Arañas van a Morir

Por lo general, las pesadillas involucran a alguien corriendo, huyendo de algo. En esta, sin embargo, era todo lo contrario. Ella estaba paralizada, ya sea por miedo, resignación, o invisibles ataduras, otro instrumento de tortura que el sueño le aplicaba. Más tarde al despertar, recordaría la angustia real, sentiría aún los vellos erizados, la opresión todavía presente en el pecho. En ese momento, en esa posición incapacitada y en la completa oscuridad, vio con horror incomparable como una horda de bichos se aproximaba hacia donde estaba. Lentos, reptantes, sin apuros, saboreando el miedo que emanaba su víctima; sabían que no podría escapar. Los había de todo tipo: arañas, cucarachas, escarabajos, gusanos, y hasta algunos ficticios que contaban con tentáculos.  Avanzaban produciendo un ruido que no fue capaz de olvidar ni siquiera una vez que estuvo despierta, amparada por los rayos solares, lejos de toda pesadilla. Sonaban como un millar de maracas, que contrariamente a ser fe...