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La Reina de lo Terrible

        Al principio fue otra mañana, nada más. Mañana incómoda, sí, pero lo atribuyó al desconcierto del despertar, a la violencia de pasar del mundo del sueño a este otro, más angustiante. Así que se levantó, ignorando ese dolor en la espalda que seguro no era nada, que seguro sólo necesitaba café; y café se hizo, al igual que se hizo la luz. Café y rayos de sol, persiguiéndose por el espacio de la taza en el baile de lo cotidiano. Pero pasado el ritual del desayuno, comprobó que el dolor no había disminuido, sentía una punzada cada vez más aguda que se desplazaba por distintos sectores de su columna. A lo largo del día no hizo más que empeorar, sin importar las distracciones, o la aspirina, o cuántas veces rodara los hombros hacia atrás esperando destrabar a la fuerza un nudo secreto. Se acostó temprano esa noche, reorganizando almohadas y variando posiciones, convencida que dormir sería el remedio más efectivo. Pero el descanso nunca llegó, y recordó por primer...

Esto no es una Carta de Amor

Buenos Aires, no me acuerdo qué fecha. Siempre quise escribir una carta. Así, a lo pluma, a lo bestia, a lo tan decimonónico que es chiste. Siempre quise escribir una carta, porque parece algo tan ficticio, que puedo imaginar que todo lo que digo no cuenta, es alguien más, y es alguien mejor. Esta primera parte es la más difícil, es la conversación casual, el "¿cómo estás?" y el "por acá todo bien, tranquilo, hoy tal cosa". Nunca fui buena con las conversaciones casuales, el preludio incómodo. Me interesa Cómo Estás, pero no en el marco del "¿cómo estás?". Vos me entendés. Si yo tuviera que decirte cómo están las cosas por acá no te diría que tranquilas, sino rutinarias. La ciudad me parece un pueblo sin vos, y la música que escucho está bien, me ayuda a desplazarme y a imaginar mi vida como parte de algo estético y encuadrado, pero de a poco las canciones también se van volviendo parte del paisaje. Mi selección musical va a permanecer secreta, por aho...

Pater Noster

     Había veces en las que le era difícil apreciar los buenos momentos, no recordándolos hasta meses después con una pátina de nostalgia. Y otras, donde era muy fácil. Ésta era una de ellas. Le gustaba Burgos. Le gustaba el sonido de las pisadas en las viejas calles empedradas, cómo el río corría bajo el puente medieval, letárgico y más antiguo que cualquier construcción. Le gustaba la timidez dulce y escondida del mesero del café, y la librería bajo el jacarandá, el hombre de lentes singulares, pipa curva y expresión serena. Habían sido esas las pequeñas maravillas que lo habían atraído del lugar, y lo que había empezado como una breve interrupción de su viaje para comer se había transformado en una estadía de tres días. Pero a pesar de la belleza de lo simple, de lo fácil que era disfrutar el viento gélido al sol, (levantar la cara y que sea sólo eso, aire y rayos y el rostro pleno), se sentía casi en la obligación de visitar la masiva catedral en el centro de la pla...

Antemorfosis

Lo único que permanece constante es el cambio, el cambio en todo y para todos, un cambio subyacente y subjetivo a las formas del que no hay manera de escapar. Tomemos una mariposa. La especie de mariposa más longeva vive nueve meses, la más efímera una semana, e incluso ella transcurre sus despertares y sus finales de día de forma diferente, siente las grietas en sus alas al llegar el fin, y el próximo lunes que nunca será. Pero tomemos una mariposa de nueve meses. En nueve meses entran tres estaciones diferentes. En nueve meses se gesta y nace un bebé humano. Nueve meses se estudia, y tres no. En nueve meses se vive y se muere. Veamos como la mariposa se desvive en esas tres estaciones, jamás llegará a ver una cuarta, no sabe que existe una cuarta. Nacerá en verano, con la visión de lo pleno, del calor cumbre que la impulsa a volar más, mayores distancias, mayor rapidez, para refrescarse y a la vez empaparse con la veracidad de lo vivo. Se amparará en la sombra de las flores a las que...

Ruidos A Medianoche

Siempre viví rodeada de ruidos. Al crecer en la casa familiar, el incesante caminar de mi perro por las noches sobre el suelo de madera me aseguraba que la idiosincrasia nocturna permanecía imperturbable; por el contrario, era el cese de su cuadrúpedo andar al que debía estar atenta Cuando mis padres se separaron y mi tiempo se vio dividido entre la incómoda rutina de cambiar de residencia semanalmente, encontré que me tranquilizaba el zumbido del ascensor, cuando sus poleas lo hacían subir y bajar de forma impredecible a la madrugada. Había para mi cierto confort arrullador en la actividad de escuchar, y en los frutos que tal actividad me daba. La idea del vacío, de ausencia de sonido, me provocaba una sensación hueca, de abismal caída. Debido a todo esto, lo primero que hice cuando me mudé sola a un estudio un tanto apartado, fue comprarme un perro. Era el arquetipo canino: raza indefinida, pelaje de tonalidades marrones, altura de mesa ratona y ojos que solo servían para trasmitir ...

A Primera Hora

De un sueño sin sueños, así me desperté. Abrí los ojos y me reconocí, me sentí en mí, a mí y a mi cuerpo. Y de repente estaba cansada de vuelta. Había llorado la noche anterior, ya no me acordaba por qué, si lo mismo de siempre o algo nuevo, pero al despertar mis ojos se encontraban hinchados, y mi piel tenía la suavidad lijada que dejan las lágrimas. Solían gustarme las mañanas, cuando el día todavía no había comenzado, aún no había pasado nada que activase la rueda de hámster diaria en la que se había convertido la vida, y las veinticuatro horas se extendían impolutas y llenas de posibilidades. Ahora, en cambio, parecía el inicio de una sentencia de muerte. Ya sabía que el final era malo. Soy, por regla general, una persona bastante triste. Di vueltas en la cama, no queriendo levantarme; quizás podía volver a dormir, extender un poco mi momento de inconsciencia permitido. Pero esa molestia permanente que me tiraba afuera y abajo, ese piqueteo constante dentro de mí que no me p...

Donde las Arañas van a Morir

Por lo general, las pesadillas involucran a alguien corriendo, huyendo de algo. En esta, sin embargo, era todo lo contrario. Ella estaba paralizada, ya sea por miedo, resignación, o invisibles ataduras, otro instrumento de tortura que el sueño le aplicaba. Más tarde al despertar, recordaría la angustia real, sentiría aún los vellos erizados, la opresión todavía presente en el pecho. En ese momento, en esa posición incapacitada y en la completa oscuridad, vio con horror incomparable como una horda de bichos se aproximaba hacia donde estaba. Lentos, reptantes, sin apuros, saboreando el miedo que emanaba su víctima; sabían que no podría escapar. Los había de todo tipo: arañas, cucarachas, escarabajos, gusanos, y hasta algunos ficticios que contaban con tentáculos.  Avanzaban produciendo un ruido que no fue capaz de olvidar ni siquiera una vez que estuvo despierta, amparada por los rayos solares, lejos de toda pesadilla. Sonaban como un millar de maracas, que contrariamente a ser fe...